KITSCH
Nunca fui tan de las flores.
Si me decís que tengo
que elegir alguna planta te diría que prefiero las que son puramente de hojas
verdes. Mejor si son oscuras, o desaturadas. Y en lo posible con humedad,
acompañadas de olor a barro mojado. Un barro que se sienta fresco, y rico, y limpio.
Pero sobre todo fresco. Y puro.
Supongo que es el exceso de colores o de esas formas tan excéntricas lo que me hace rechazarlas. Me remiten a una señora de barrio híper vestida para
los quinces de la sobrina, o bien la sobrina híper vestida para sus propios quinces,
rodeada de niñas felices danzando con voluminosos vestidos perlados, y con
sus rostros pintados y peinados forzados, queriendo ser las mujeres que su
inocencia aún no les permite ser–esto recién empieza
La realidad es que nunca fui tampoco TAN fan de los colores en
general. Ni de las curvas sobreexigidas ni superpuestas. Ni hablar de los
ornamentos voluptuosos y espléndidos, que se esfuerzan incansablemente por
demostrar algo comprensible solo para unos pocos, y que lejos está de tener un carácter
funcional.
Anyways.
Lo que pasó es que hoy una amiga me regaló un ramo de
flores: fresias. Porque sí. En una demostración espontánea de cariño pasó por
mi casa y me dejó un ramo de flores.
Para quien no conoce las fresias, son de esas flores que no
pasan desapercibidas. Nada en ellas es sobrio, ni perfil bajo, ni mucho menos
minimalista. Además de su aroma particular tienen cantidades descontroladas de
colores y pétalos amontonándose unos sobre otros y potenciando sus diferentes
texturas. Y eso no es todo, vienen acompañados de ramitas con hojas de
distintos tamaños y tonos: algunas más redondas y cortas, otras más puntiagudas
y largas. Todo esto, en su conjunto, conformaba este flamante ramo del amor. Un espectáculo realmente.
Como quien no sabe qué hacer con él, lo separé en dos y los
puse en agua, como debe ser. Pero
como floreros en mi casa no tengo, usé dos frasquitos de mermelada, de esos
típicos de vidrio con una gran curva a lo reloj de arena.
Casi jugándomela puse el primero sobre la ventana que divide
la cocina del estar, junto a otros verdes suculentos que ya estaban ahí -dando vida pero
nunca tanto-. En eso me doy cuenta de que aunque se luzca hermoso y con clase,
ese ramo, con ese rojo furioso y vivo, no me pertenece. Me pregunto por un momento si debo
tomarme esta realidad un tanto incómoda como una batalla perdida, o como una
oportunidad para perder la incómoda realidad. Y como a caballo regalado no se le
miran los furiosos dientes decido tomármelo como un recreo de mi propio estilo,
y como una invitación a habitar un espacio re-inventado, adornado, y prestado.
Busqué con la mirada un rincón para el segundo frasco y lo ubiqué sobre una mesita auxiliar que suele
estar dando vueltas de acá para allá, siempre llena de cosas. La vacié y la empostré
en la otra esquina del estar –en un intento por distribuir de manera más equilibrada el violento splash de sabor-
En mi afán por encontrarles el lugar perfecto a las flores e
incorporarlas al ambiente, me detengo un instante y hago ese ejercicio de distanciarme
de lo que conozco para volver a significar lo que veo. Esto es raro -pienso-
hay dos cosas que sé con seguridad. La primera es que este departamento, ahora,
ya no es mío. La segunda es que quedó
sumamente fotografiable. Digno de una revista de diseño de interiores.
Sin embargo, la idea de tener
tan cerca semejantes niñas felices, de solo pensarlo me empalaga, pero hay una
armonía en el contraste de éstas con los pálidos y clásicos de todo lo demás de
la habitación, que me tranquiliza. Me dejo embeber por este nuevo escenario
esperando hacerlo mío. Miro la mesa auxiliar, y no puedo evitar sospechar que las señoras siguen demasiado empecinadas en ser algo. Desde aquella esquina me están gritando y esa idea me repele. No está pasando, pero deberían estar danzando.
que para llegar a ser algo
todavía les falta todo.
Esto recién empieza
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