b.

Los ruidos del motor eran entonces apenas mas fuertes que
sus voces. 
segundo a segundo aumentaban la velocidad y transformaban
el tono en lo mas áspero y salvaje que se puedan imaginar.
(muy poco romántico de su parte. una pareja de siempre)
cada palabra, cada gesto, cada insinuación llenaban mis
partículas de mugre y desesperación. de todos modos, quieta.
inmóvil, y no a conciencia.
mis ojos sorprendidos de ver semejante escena,
mi garganta anudada y la incapacidad de aliviarla,
mis oídos exhaustos y mis músculos retraídos y congelados
me saturaban la cabeza de manera inexplicable. 
mi cuerpo entero atento a lo que estaba sucediendo,
y a la vez preocupado por cual seria el próximo choque, 
el insulto consecuente, y la bomba final.
de repente, silencio.
de esos silencios que aturden, que bloquean. 
y el segundo se hacia minuto y el minuto una hora 
y una hora la eternidad.
nadie quiere pensar, reflexionar era aceptar la cercana perdición.
yo ya era una estatua viva. una estatua personal 
y muy alejada de lo objetiva. 
sin necesidad de abrir los ojos y mis oídos (ya aturdidos) 
podía captar cada movimiento que los sujetos producían. 
el olor a sofocamiento y a la adrenalina
que se vivía en ese auto era casi tan perceptible y 
existencial como el de la cena de los lunes.
la tensión se tornaba insoportable y fue entonces cuando percibí
la mano sobre el aire, el dedo estirado y el suspiro colectivo 
que llegaría el segundo después de presionar el botón.

ahora si, la radio encendida.
adios al silencio
adios a la realidad..

eso era lo que ellos quisieron creer.
lo que no pudieron aceptar era que
la realidad, 
en mi y en ellos,
seguía viva.





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