Merci pour tout.

 Además de los besos, de ese caminar alborotado y porqué no sensual, lo que más me gusta de vos son las conversaciones. Porque no sé, algo tienen. Supongo que será la conexión casi inocente que nos une que hace que podamos hablar mil veces de lo mismo sin aburrirnos, de la misma historia con sus distintos finales, de nuestros sueños infinitos, de mis mambos sin sentido, de esas estúpidas peleas y situaciones que no puedo resolver y que te sigo consultando.
Será que nos entendemos.
  Creo que ya me mal acostumbré, esto de hablar en todo momento y de cualquier cosa se ha vuelto un vicio para mí. Me imagino que también para vos, no debe ser fácil soltar un sentimiento de grandeza como el que yo te hago sentir al decirte estas cosas. Es que sos mi ser favorito.  Te confieso despacito que a veces llego a creer que sin vos no podría, que sin vos no sé.
  Es verdad que de vez en cuando tenemos nuestro momento de silencio, pero es uno solo y sucede así: El tiempo se detiene dando lugar a una pausa que dura desde segundos a largos y sombríos minutos. Los dos sabemos de qué se trata, alrededor solo hay oscuridad, no nos miramos a la cara ni nos decimos te amo. Tus ojos no encuentran los míos y yo sé que no valdría la pena buscar los tuyos. Entonces recuerdo que no sos perfecto, y sin decirte nada dejas de hablar y yo elijo seguirte. Una fría amargura recorre mi cuerpo y decido dejarme llevar por ella, y arrodillada a tus pies te odio, te pido perdón, y llorando y gimiendo abrazo tu alma (tan volátil, tan gemela a la mía). Es en ese preciso instante, en el paréntesis de nuestras mejores charlas, que prometo volver a encontrarte, y antes de marcharme dejo sobre tu camita unos delicados jazmines, que siempre te gustaron tanto, porque veo que los que te dejé la semana pasada ya andan poniéndose viejitos.
  Después y sin más vueltas me despido de vos. Y al llegar a casa -vuelvo a charlarte.

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