Natalia.
-Fitonia tiene una historia atormentada.
Varias veces decayó y volvió a florecer.
Natalia es una persona feliz. Es una mujer. Y al decir “mujer”
me refiero a todo (todo) lo que significa serlo. Entera y real. Natalia sabe que
la vida es corta y es una sola, la suya, la que por estos tiempos le tocó
vivir. Natalia deja que las cosas le rocen la piel y de vez en cuando, cuando
se ponen ventosas, se pone un sweater, pesado, para recordar que sigue en pie.
Natalia sube a los árboles y se cuelga de una tela
desafiando al vértigo, para demostrar que se puede volar a metros del mar.
Natalia, con una hoja y un lápiz, arrasa con el más cuadrado de los cubos.
Natalia canta, baila, juega, ríe. Pero así y todo, Natalia creyó que necesitaba
más. Por eso un día, un día como cualquiera pero con la peculiaridad de no ser
hoy, Natalia se puso la mochi, sacó un pasaje y salió a conocer el mundo. (Así
dicen, a “conocer el mundo”)
Vio lo sencillo que puede ser ser feliz con un solo paisaje,
vio como se puede vivir en la pobreza, como convivir con una misma persona,
como convertirse ella misma en su persona. Vio esto, vio aquello, y vio algo que jamás
esperó ver: lo vio a él. Y, aunque de más este decir, se decidió a seguirlo.
Hoy Natalia se puso un sweater azul, lleva un lápiz y una
hoja en la mano, una tela la espera colgando del árbol más alto de Mendoza (a
mil metros del mar). Pero Natalia tiene miedo. Natalia no sabe que a cinco
minutos de su eje la espera esta nueva vida, y a 24 horas la anterior va a
estar extrañándola, siempre con los brazos abiertos, pero con el pelo más
largo y un par de arrugas nuevas en la cara, que preferimos llamar marcas de expresión.
Natalia no entiende que, ni aunque quisiera, la vida lejos de él ya no sería
vida, no la suya, no la que por estos tiempos le toco vivir y no está haciendo.
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